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Regalo de cumpleaños I)
El mejor regalo de cumpleaños de mi vida lo recibí, precisamente, de la mujer
que más amo: Mamá.
Después de mi ruptura
matrimonial, hace unos seis meses, volví a vivir en casa de mi madre, quien
vivía sola desde que me casé, ya que está separada desde hace unos diez
años. Nos llevábamos bien, dado el carácter callado de ella. Jamás puso
objeciones a mis salidas o llegadas tarde, a veces con una copa de más en el
cuerpo. Sin embargo, más de una vez me hizo una observación acerca de la falta
de amistades femeninas o lo bien que me haría rehacer mi vida ya que pronto
cumpliría los veintiséis años. O tal vez sospechaba que aliviaba tensiones
con masturbaciones durante la ducha.
Y la verdad es que, últimamente, me masturbaba seguido fantaseando con ella e
imaginando cuánto habría gozado mi padre haciéndole el amor.
Mamá es una mujer de cuarenta y cinco años, cerca de un metro sesenta y de
cuerpo armonioso, sin ser una belleza. Lo que sí destacaba era su hermosa cara
de finas facciones, ojos almendrados y labios sensuales, que casi nunca
sonreían, lo que hacía pensar en una interna y bien oculta pena. Es una mujer
de carácter firme y me había criado estrictamente, por lo que, aunque habría
dado cualquier cosa por sentir su cuerpo desnudo, le tenía un gran respeto que
me mantenía alejado de ella. Sólo una vez la vi, fugazmente, en ropa interior,
tradicional y recatada, por supuesto, al pasar frente a la puerta de su
dormitorio, que se encontraba entreabierta. El sólo hecho de ver su blanca piel
por un par de segundos me provocó una erección tal que debí correr al baño a
masturbarme.
Una noche, cuando estábamos cenando, mamá me preguntó que haría para mi
cumpleaños, la semana siguiente. Le contesté que ese fin de semana iría de
campamento río arriba, a pescar y a olvidarme de las tensiones diarias de la
ciudad. Me miró con intensidad y en sus labios se dibujó una leve sonrisa.
¿Puedo acompañarte? Me preguntó.
¡Por supuesto, mamá! Contesté sorprendido ¿Y por qué tu interés, si no te
gusta acampar?
Es que – dijo – quiero darte allá mi regalo de cumpleaños.
¡Encantado, entonces! Exclamé – Aunque... deberás dormir conmigo, ya
que sólo tengo un saco de dormir, claro que es amplio...
Mamá volvió a sonreír, todo un acontecimiento, sin decir nada.
La semana transcurrió sin novedad. El Sábado me levanté temprano para
preparar el equipaje y cargar el vehículo, ya que el viaje era largo. Partimos
después de almuerzo y, después de un agradable viaje llegamos a nuestro
destino como a las siete de la tarde. Instalé la cocinilla y mientras mamá
preparaba algo de comida, me dediqué a levantar la carpa. Terminé cuando ya
estaba oscuro, aunque instalé luces la oscuridad que nos rodeaba era total en
esas soledades, lejos de cualquier centro poblado. Cenamos y bebimos unas copas
de un excelente vino que llevaba, conversamos un largo rato y luego entramos en
la cómoda carpa.
Mamá se sentó en el saco de dormir extendido sobre un colchón inflable.
¿Nos acostamos ya? Preguntó mamá.
¡Por supuesto, mamá! Estoy cansado con el viaje – respondí.
Se quitó el grueso suéter y luego la blusa, procediendo en seguida a quitarse
el pantalón, quedando solamente en sostén y calzón. Desde aquella vez, hace
años, en que la vi fugazmente, esta era la primera vez que veía a mamá en
ropa interior y lo sorprendente era que lo hacía en forma natural, como si
siempre lo hubiera hecho. Yo estaba helado, bueno, es una forma de decir ya que
la erección que estaba teniendo era impresionante.
Mamá desabrochó su sostén, se lo quitó lentamente y levantó sus brazos,
arreglándose el pelo, mostrándome sus pechos en todo su esplendor. No eran
tetas muy grandes y estaban algo caídas, pero, para mí en ese momento eran las
tetas más hermosas que había visto, con su gran aureola rosada y duros y
erectos pezones.
Me miró y se apoyó en un codo, mientras me decía con voz acariciadora, que no
conocía:
¿Quieres cerrar la boca y desvestirte?
Con mis ojos abiertos como platos obedecí y me quité la ropa tan rápido como
pude, tratando de ocultar mi tremenda erección. Me daba vergüenza que mamá la
viera, que supiera que me excitaba verla desnuda, después de todo era mi madre.
Mientras me quitaba el pantalón, mamá se sacó el calzón, quedando totalmente
desnuda. Ni en mis más locas fantasías había imaginado tenerla así frente a
mí. No me atrevía a mirarla, ni a quitarme el calzoncillo, aunque mi soberbia
erección era más que evidente.
Mamá me miró y con voz susurrante, que jamás había oído, me dijo:
¡Vamos! ¿qué esperas para desnudarte?
Sin poder creer que esto estuviera sucediendo, me quité la prenda mientras la
miraba. Estaba espectacular en su desnudez. Si antes pensé que mamá era una
mujer del montón, había sido un imbécil. ¡Mamá era fabulosa! Su
blanquísima piel no estaba ajada y las gorduras propias de la edad le sentaban
de maravillas ¡Era bellísima! Su pelo oscuro hasta los hombros, con flequillo
sobre la frente enmarcaba su bello rostro y se destacaba como un maravilloso
oasis en su pubis.
Me acerqué a la cama y mamá se tendió, estirando sus brazos hacia mí. Me
tendí a su lado. No me atrevía a tocarla.
¡Ven, hijo querido, abrázame! Me pidió.
Me acerqué a ella y rodeé su cintura, acariciando su fina piel. Mi pene latía
furiosamente en una erección que casi me dolía. Mamá se apretó contra mi
cuerpo y pude sentir su calor cuando su vientre se pegó a mi miembro. Debido a
todo lo vivido junto a ella, no me atrevía a tomar la iniciativa.
¡Bésame, mi amor! Ordenó en un susurro.
Con mi boca busqué desesperadamente los carnosos labios que mamá me ofrecía y
nos fundimos en un beso ardiente y apasionado, mientras acariciaba su sedosa
piel.
¡Oh, cielos! ¡Qué locura tan maravillosa! ¡Mamá, mi adorada madre desnuda
entre mis brazos, pidiendo amor!
Siguiendo con la iniciativa, mamá me hizo colocarme encima de ella, entre sus
piernas.
¡Ven, mi amor, ven con mamá! Me dijo ansiosa.
Apoyado en un codo, con mi pecho presionando sus deliciosas tetas, tomé mi
miembro, duro como una piedra, con una mano y lo puse en su conchita. ¡Qué
placer tan indescriptible sentir en mi verga los suaves pelos púbicos de mamá!
Aún en esa situación esperaba su orden, tal es el respeto que por ella siento.
¡Ven, hijo, te necesito! Me dijo, impaciente.
Empujé suavemente y mi verga se deslizó en la vagina abundantemente lubricada
de mamá. En dos embestidas le hice recibir los dieciocho centímetros de mi
grueso y endurecido miembro. La vagina de mamá era maravillosamente estrecha y
envolvía mi verga como un delicioso guante. Levanté la cabeza y miré su cara.
Con los ojos entornados, mamá mordía su labio inferior. La ternura más
exquisita me embargó y la cubrí de besos.
¡Mamá, eres maravillosa! Le dije entre besos.
Rodeó mi cuello con sus brazos y me dijo: ¡Ven, mi amor, soy tuya!
¡Sí, mamá, toda mía! Le dije y comencé a menearme sobre ella, disfrutando
como jamás lo había hecho, gozando cada sensación, paladeando con sibaritismo
el incomparable placer de estar poseyendo a mi madre. Mamá suspiraba en cada
embestida y sus dedos se crispaban en mi espalda. Lógicamente, con tanta
emoción, tanto deseo y con tan terrible excitación, nuestra cogida no podía
durar mucho.
Mamá se aferró a mí y entre gritos y jadeos acabó. El solo hecho de sentir
el orgasmo de mamá, su delicioso cuerpo tenso de placer entre mis brazos y su
exquisita conchita apretando mi verga, bastó para alcanzar el más violento y
enloquecedor orgasmo de mi vida. Chorros interminables de semen salieron de mi
verga inundando la vagina de mi deliciosa madre.
Luego del indescriptible placer quedamos exhaustos. Mi verga perdió su dureza y
se deslizó fuera de la conchita de mamá. Bajé de encima de ella y me tendí
en el lecho. Mamá se acurrucó a mi lado como una gatita. Estaba adorable y se
lo dije, besándola con ternura infinita.
¡Hijo querido! Dijo mamá ¿Te gustó mi regalo de cumpleaños?
¡Eres la mujer más exquisita que existe, mamá! ¡No podías haberme dado
mejor regalo! ¿Cuándo iba a imaginar que el regalo más maravilloso serías
tú? ¡Te amo, mamá! Y no mentía, no sólo la quiero como madre sino que estoy
enamorado de la mujer más bella y valiente que conozco.
De más está decir que ese fin de semana no hubo pesca y apenas si salimos de
la carpa. Volví a casa con el trofeo más bello y preciado del mundo: mi madre,
quien desde entonces es, además, mi amiga, compañera y amante.
Mamá, mi amor, ahora sonríe.
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